La clase media argentina está en vías de extinción. Sostenerse, por la vía de los ingresos, en ese estatus socioeconómico, es cada vez más difícil. Aquellos hogares que logran mantenerse en ese umbral reúnen casi $ 100.000 mensuales. Si uno se sienta a hacer cuentas puede llegar a esa cifra. Tomando como base el valor de la Canasta Básica Total, en Tucumán solo para no ser pobre (cubrir los gastos de alimentación más los servicios esenciales) una familia tipo requiere $ 51.000. Una visita al supermercado para abastecerse de artículos esenciales (alimentos y perfumería) puede implicar otros $ 12.000. Si tiene un auto, a aquella cifra tendrá que sumarle $ 24.000 al mes, de acuerdo con las estimaciones de la consultora Focus Market. Hay que rogar que el auto no se rompa y que soporte más que un vehículo de rally para sortear los pozos y los baches de calles y de avenidas. La visita al mecánico es un hecho: no menos de $ 3.000.
Y hay más gastos mensuales. Si los niños (dos en el caso de la familia tipo) van al colegio, las cuotas totalizarán un promedio de $ 10.000, sin tomar en cuenta los mayores costos salariales que, tras las paritarias, automáticamente se trasladarán al valor final de lo que hay que pagarle al colegio. El confort y el entretenimiento también cuentan. Internet, Netflix, TV por cable o satélite, prime TV, Spotify, YouTube, entre otros servicios, también forman parte de los gastos mensuales en tiempos de pandemia de la Covid-19. En aislamiento fueron esenciales y tal vez lo sigan siendo si la ola de contagios sigue creciendo. Pero suelen recortarse cuando la economía se ajusta el cinto.
La tarjeta de crédito es una aliada peligrosa. Te ayuda a pasar sofocones financieros, pero te estrangula cuando te llega el resumen que te indica cómo y en qué gastaste. Podés pagar en cuotas, pero con tasas de interés que hasta pueden llegar a duplicar el monto de lo consumido. Una familia debe sumar no menos de $ 10.000 por este ítem.
El exceso de gastos se siente y el pago mínimo te liquida. A la clase media no le queda otra alternativa que la refinanciación: abonando a largo plazo, pero con expectativas de ingresos muy por debajo de esas tasas. Hasta el año pasado, según un informe del Centro de Economía Regional y Experimental (CERX), el endeudamiento familiar rozaba los $ 180.000, una verdadera bola de nieve. El universo de deudores era bastante amplio: 12 millones de personas, en su mayoría de la clase media, hasta entonces con capacidad para adquirir compromisos bancarios.
El problema de fondo es la inflación. Esa suba sostenida de precios alimenta a la pobreza y condena a no menos de cuatro de cada 10 argentinos a la necesidad porque, en muchos casos, no pueden llegar siquiera al día 15 de cada mes. Los planes sociales amortiguan el escenario socioeconómico de un país cuya moneda no es confiable y está tan devaluada como promesa y palabra de político.
En medio de todo esto, la máquina de imprimir billetes está tomando ritmo. Varios banqueros se sorprendieron al ver la renovación de los billetes de $ 20. La incógnita es saber por qué se eligió esa baja denominación, si es porque no hay para dar vuelto o si fue otro el motivo. En los años electorales, la sociedad suele tener billetes nuevos en sus bolsillos. Son períodos expansivos para la actividad económica y también para el gasto público. No hay otra manera de financiar un test electoral, en el que los gobiernos requieren del acompañamiento popular para continuar en el poder.
Todas las medidas consideradas antipopulares se adoptarán no más allá de fines de junio. Desde el reacomodamiento de las tarifas de los servicios públicos privatizados, pasando por el reajuste de las naftas (está pendiente hasta mayo un aumento escalonado del 11%) hasta los efectos del rebote económico, tras un año de parate de la actividad productiva. Aún más, el Congreso ha dado vía libre para que los asalariados que ganen hasta $ 150.000 mensuales sean eximidos del pago del impuesto a las Ganancias. La medida no es casual: apunta a cambiarle el humor a una franja de la sociedad que ha sido duramente golpeada por la política impositiva de hoy, de ayer y de anteayer. Los argentinos deben trabajar hasta 214 días del año para estar al día con los impuestos nacionales y provinciales y tasas municipales, en una maraña de 165 tributos que inciden en todos los órdenes de nuestras vidas. La pregunta central es si se puede seguir viviendo con una tasa de inflación superior al 40% anual. A ese interrogante no se ha encontrado aún una respuesta efectiva para que la Argentina deje de seguir generando pobres y para que miles de familias no deban decirle adiós a la clase media.